Descubriendo a Jean Leon

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Pocas personas conocieron tan bien a Jean Leon como Jaume Rovira y Ana Carrión. El primer enólogo, quien trabajó codo con codo con Jean Leon desde los inicios -hasta el final- y su hermana menor. Hacía tiempo que no se veían. Coincidieron en la pasada vendimia de cine en septiembre pero no tuvieron tiempo de conversar tranquilamente. Lo dejaron para otro día. Y este día llegó.

Sentados en una mesa de una vinoteca del centro de Barcelona. Con dos copas de Vinya La Scala 2009 -cuya etiqueta está ilustrada por Modest Cuixart- empiezan a conversar sobre Jean Leon. Su vida, sus miedos, sus obsesiones. Una charla sin tapujos, sincera, emotiva, llena de anécdotas y confidencias. La vida de Jean Leon fue del todo singular. Una vida que no dejó a nadie indiferente.

Ana reconoce que a su hermano nunca le gustó su nombre. Ni Ceferino, un capricho de su padrino, ni Ángel (su segundo nombre de pila) tal y como quería su madre. Por este motivo no es extraño que acabara cambiándose el nombre por Jean Leon. Una decisión que, además, vino acompañada de un cambio de vida. “De todas formas, entre nosotros siempre le llamábamos Cefe y cuando le queríamos hacer enfadar le decíamos Cefe cebolleta” apunta Ana con una sonrisa pícara. Jaume confiesa que “siempre pensaba que le llamaban “jefe” y resulta que no, que era el diminutivo de Ceferino”. Al final, ni Cefe, ni Ángel, ni Ceferino. Jean Leon.

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De Francia a Nueva York

La verdadera aventura, y el primer capítulo de lo que sería una vida llena de apasionantes anécdotas empezó en 1947, el día que se marchó, junto con tres amigos, a Francia. ”Tenía 18 años y cruzaron las montañas hasta llegar a Francia. Convenció a tres amigos y se largaron.

Nadie de la familia sabía dónde estaba. A mi madre le dijo que iba a una fiesta con su novia Carmen, que era su santo. Estuvimos 10 días si saber nada de él” asegura Ana. Lo que empezó como una chiquillada se acabó convirtiendo en realidad unos meses más tarde.

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En el año 1949, cuando Jean Leon tenía 20 años, consiguió embarcar como polizonte en un barco que partía desde el puerto francés de Le Havre y llegó a Estados Unidos. “Un año más tarde, en 1950, volvió a Madrid. Estuvo un tiempo y se volvió a marchar. Los americanos lo llamaron para ir a servir a la Guerra de Corea. Se marchó y no supimos nada de él hasta el año 1962. Pensábamos que estaba muerto hasta que un día llamó y nos dijo que vendría a España”. Jean Leon llegó con su mujer y con sus dos hijos. “No sabían que tenía una familia. Y mucho menos tan numerosa y en España. De hecho, creían que era francés” apunta Ana. Reconoce que aquél día la felicidad se instaló en casa de los Carrión. Especialmente para su madre.

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Un vino, pero no cualquier vino

A principios de los años sesenta, Jean Leon tenía claro que quería elaborar el mejor vino para ofrecer a los selectos clientes de su restaurante en Los Ángeles. No paró hasta encontrar la mejor tierra. Llegó al Penedés y Jaume recuerda que “compró los terrenos por unos 6 millones de pesetas. Dejó 100 mil pesetas de paga y señal y al cabo de un año firmó las escrituras. Compró unas tierras que algunos decían que estaban maldecidas. En siete años granizó cinco veces. Nadie daba un duro por aquel proyecto”.

Jaume por aquel entonces tenía 21 años. Lo tenía todo por hacer. Incluso el servicio militar. Estaba estudiando enología pero le faltaba algún curso. “Recuerdo que el día que conocí a Jean Leon me dijo que no me preocupara. Que hiciera todo lo que tenía que hacer. Había tiempo para todo. Plantarían en el 63 y en el 69 harían la primera vendimia”. Y así fue. Jaume acabó los estudios, estuvo en contacto permanente con Jean Leon y en 1969 entró a formar parte de la bodega, regentada en aquél entonces por Jean Leon y dos de sus hermanos.

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Rovira reconoce que “los inicios fueron muy complicados, pero fue una etapa muy bonita de mi vida”. Recuerda el momento en el que decidieron arrancar las cepas locales para replantarlas con variedades francesas. “Cogimos el coche y nos fuimos a Burdeos y Borgoña a buscarlas. Nos timaron y nos vendieron sarmientos secos y en mal estado. Como no nos los querían cambiar, decidimos ir a buscarlos de manera clandestina”. Recuerda que un día, por la noche, se les acercó un coche. Jaume estaba en medio de una viña y Jean Leon, atemorizado, se marchó y le dejó tirado. “Aunque volvió al cabo de un rato a buscarme”, apunta Jaume “el enfado me duró unos días pero al final Jean me pidió disculpas”.

Además de ser su enólogo, era su persona de confianza y el que le guardaba el dinero que ganaba en Estados Unidos para invertir en la bodega. “Nos encontrábamos en Francia, yo iba en coche y lo esperaba en el aeropuerto de Orly. Allí me daba la maleta y no la soltaba por nada del mundo. Hasta dormía con ella” recuerda riendo.

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Un tipo exigente pero justo

“Él era el jefe y quien paga manda” responde cuando le preguntan sobre la personalidad de Jean Leon. “Era una persona muy exigente. Muy recta. Pero si hacías bien lo que tenías que hacer no había problemas. Además, si te equivocabas pero dabas explicaciones, lo entendía. No tuve nunca ningún problema con él. Era una persona muy pícara”. Ana coincide. “Mi hermano era muy inteligente. No tenía estudios pero tenía un sexto sentido que lo hizo llegar hasta donde llegó”. También apunta que de su hermano Jean aprendió a ser fuerte. “La vida no nos dio otra alternativa”.

El legado

Jean Leon falleció en el año 1996 tras haber vivido intensamente, pero todavía joven y con muchas cosas por hacer. En 1994, cuando le diagnosticaron la enfermedad, confió su legado a la Familia Torres, quien dio continuidad a lo que Jean Leon había empezado. “Gracias a ellos, el legado de mi hermano sigue vivo y es realmente lo que él quería: que el nombre de Jean Leon perdurara en el tiempo” apunta su hermana Ana. Sin duda, lo consiguió. Otro de sus sueños cumplidos.

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